BIENVENIDOS

Quiero contar muchas cosas
y compartir cada cosa que siento,
aportar mis ideas.

Y que todos tengáis algo que decir
Será poesías,
cuentos, opinión.
Aquí todo tiene cabida.




jueves, 9 de agosto de 2012

LA MORAL MAL ENTENDIDA, UNA ANÉCDOTA DE CINES


Nos decía un profesor de historia que tuve en el instituto, que se escandalizaban de determinadas cosas las personas que, en su momento, no les dejaron hacer aquello por lo que se escandalizaban. El correr del tiempo me ha hecho ver que tenía razón. En muchos casos. Conductas que causan escándalo y que no invaden la libertad de terceras y segundas personas no hay porqué juzgarlas y condenarlas y de ser así en su justa medida. Sobre quien se escandaliza si rascásemos un poco, descubriríamos, sencillamente, que esa persona ha estado tan reprimida por sus miedos y entorno que no quiere que otros lo hagan. La cantera de los moralistas han salido de ahí.

Una anécdota que encontré en un libro de Carlos Fisas, al cual recomiendo sus libros, lo ilustra mejor que nadie. Según nos cuenta en su libro "Anecdotario español 1900-1931 (Editorial Planeta)", cuando el cinematógrafo empezó a difundirse en España, en cierta ciudad de provincias, varias señoritas alentadas por sus directores espirituales, protestaban cada vez que una escena de un beso se prolongaba. 

Una noche en que los besos se prolongaban más de lo debido en una de las escenas, la protesta alcanzó tintes de tumulto por parte de las señoritas. Y según nos dice Carlos Fisas : "Cuando el barullo era mayor, un espectador de galería, que advirtió como eran señoritas todas las que protestaban, dominó el tumulto exclamando con voz fuerte:

- ¡Envidiosas!...

La protesta cesó como por ensalmo."


sábado, 4 de agosto de 2012

PÉRDIDA


Quiero buscarte donde nadie miró. Entre las letras de mis libros, entre las notas de mis canciones, donde un horizonte te recuerde. Y seguirás llamándome entre los remos de Caronte, preguntándole a las Parcas por mis hilos. Tejiendo a las miles de Penélopes que un día esperaron marchitas por su amo. 

¿Donde esperaste mi presencia? ¿Donde los momentos furtivos de mis noches? Nadaron en los mares del encuentro, en los lagos de la espera, en las repúblicas del extravío. Mis brazos, entonces, te pertenecieron, mis manos te rozaron y mi cuerpo fue tu cuerpo. 

Retorna para que vuelva a ser humano para que no me envilezca porque deseo volver a amarte y deseo sentir los abrazos que perdí.




miércoles, 1 de agosto de 2012

FERNANDO VII, LA ACCIDENTADA NOCHE DE BODAS DE UN REY 1819



En 1819 moría Doña Isabel de Braganza , segunda esposa de Fernando VII. El rey seguía sin tener descendencia por lo que se buscó una nueva esposa cuanto antes. La elegida fue la princesa alemana María Josefa Amalia de Sajonia de dieciseis años. 

La princesa, hija del principe Maximiliano de Sajonia, era veinte años más joven que su prometido y, desde pequeña, había vivido en un convento de monjas que abandonó para casarse. Ni que decir tiene, que desconocía el cómo hacer un niño, y así llegó a España.

Fernando VII ya era un hombre demasiado experimentado y además, su miembro era más grande que la media (en los burdeles madrileños se le conocía cono Hércules) y a la recién casada nada se le había explicado.

El problema llegó en el momento de la noche de bodas. Según cuenta Gonzalez Doria, Fernando VII "a poco de haber entrado en la regia alcoba, salió de ella más que deprisa, en paños muy menores, echando pestes y apestando a demonios". Lo que se deduce que Maria Josefa evacuó por delante y por detrás.


Maria Josefa Amalia de Sajonia, 3ª esposa de Fernando VII

El problema se agravó, porque la reina se negaba a tener relaciones sexuales con el rey alegando que era pecado. Cuando el rey quería acostarse con ella, la reina le hacía rezar un rosario y otro y otro hasta que, harto, Fernando VII se retiraba. En diez años de matrimonio "el deseado" rezó más rosarios que en resto de su vida. De nada sirvieron intervenciones de sacerdotes y  confesores. Tuvo que intervenir el papa Pio VII en una carta personal para que Maria Josefa aceptase consumar el matrimonio. Eso sí, previo rezo de un rosario, para desesperación del marido.

En diez años de  matrimonio no hubo hijos. A cambio, la reina aprendió el español correctamente y se dedicó a escribir poemas de muy escasa calidad, rozando lo cursi. Murió en Aranjuez, el 18 de Mayo de 1829 a los 25 años, como consecuencia de unas fiebres.

Como Fernando VII  seguía sin descendencia, se tuvo que buscar una cuarta esposa y según dicen cuando alguien le insinuó otra princesa de la casa de Sajonia. La respuesta del rey fue contundente: ¡No más rosarios ni versitos, coño!  Ya había tenido suficiente.